El mundo es una fosa séptica que ya empieza a rebosar mierda y desvarío.
Soy el cronista que te lo está contando desde Canal Ubik, una ventana desde la que te muestro la realidad de este manicomio en el que nos estamos convirtiendo.
Soy un testigo que pasea a su perro imaginario y deja testimonio de lo que ve.
Soy el objetivo de la cámara espía que persigue la realidad.
Soy el hombre invisible que entra en las casas de los chiflados, corruptos, asesinos en serie y pervertidos, ladrones y adictos, moribundos y condenados.
Soy un cadáver que se sienta en la puerta de su panteón y te narra el girar de los días y la llegada de las noches.
Desde Canal Ubik.
El reducto libre en las redes, en el universo de internet y de las conciencias. Te informo de la cuenta atrás para el final. Te cuento cómo el suelo bajo tus pies está cediendo, los tuyos te traicionan y pierdes la cabeza en un mar de ruido y locura.
Desde Canal Ubik.
La verdad no es lo que ves. La verdad es lo que te cuento.
Somos dos tercios de mentiras flagrantes y uno de verdades a medias.
Y yo te lo demuestro.
Soy el reportero del presente que te muestra la verdad.
Seré el altavoz que te narre ese instante en que te subas al cohete para llegar a las estrellas, o ese momento en que te arrojes por un cráter en erupción para llegar al centro del infierno.
La tierra es un vertedero de sueños e ilusiones.
Y Canal Ubik te la enseña.
El presente es un manicomio de zombis desorientados.
Y yo soy su cronista.
La realidad no es lo que te ocurre. La realidad es lo que ves en Ubik.
No vamos a cambiar el mundo, sólo vamos a reírnos del mundo.
En Canal Ubik.
Ubik te informa y en Ubik te hago un descuento del 5% en tus próximas vacaciones, con nuestra agencia de viajes patrocinadora.
En Ubik te regalo una suscripción de tres días a nuestro sitio porno preferido.
Te ofrezco un precio de amigo en nuestro taller de motos de alta cilindrada.
Te obsequio con un bono de bienvenida en nuestra casa de apuestas insuperable.
Os lo dice el vloguero culpable de Canal Ubik.
Os lo dice Ruma P. Silano.
Entonces fui al médico y me dijo que me quedaba poco de vida si seguía con el bourbon.
Así que ingresé veinte días en una clínica de desintoxicación para intentar no morirme tan pronto. Más que nada, por la curiosidad de ver en qué acaba todo esto.
Después de esa limpieza de los veinte días, me encargaron cubrir un festival de música para jabalíes en la sierra y allá que me dirigí.
Mi penúltimo post antes de ingresar en la clínica y luego irme al concierto para jabalíes humanos fue con el siguiente clickbait/anzuelo:
YA ESTÁN AQUÍ. SONDA ALIENÍGENA SE ACERCA A LA TIERRA.
En realidad, antes de la clínica y el rollo de los veinte días, no fui al médico de cabecera para que me examinaran el páncreas, los triglicéridos, las transaminasas y toda esa mierda. Fui porque sospechaba que me habían contagiado herpes genital y quería tomar cartas en el asunto, antes de que la entrepierna se me convirtiera en un estercolero.
El médico no me dijo nada del herpes genital ni de ninguna ETS. Lo que me dijo (de esa manera desagradable de los médicos) es que me iba a morir si no dejaba de beber. A lo que yo le dije, por quitarle hierro al asunto, aquello de Mark twain: ““Demasiado de cualquier cosa es malo, pero demasiado de un buen whisky apenas es suficiente”.
Y el médico ni siquiera hizo el amago de sonreír. Lo cual demuestra que los médicos no tienen sentido del humor o que están hasta los huevos de los pacientes y sus tonterías.
Antes de llamar a la clínica López-Ibor de Marbella y preguntarles si tenían un hueco para limpiarme las transaminasas y los triglicéridos.
Antes incluso de subir a mi Canal Ubik aquella entrada en el que anunciaba la llegada de 3I/Atlas al sistema solar. ¿No sabes qué es? Tranquilo, ellos tampoco. Pero un científico de Harvard y un especialista de Hangar7, me han confirmado que es una sonda alienígena, enviada para saber quiénes somos, dónde vivimos y a qué dedicamos el tiempo libre.
El objeto interestelar 3I/Atlas se acerca al sistema solar. Un cacharro de 20 kilómetros de diámetro que viene de Sagitario, a una velocidad de 220.000 kilómetros por hora. Qué se sentirían subido en un bólido a 220.000 kilómetros. Átate bien el cinturón y sujétate la gorra porque vienen curvas, chaval.
Según apuntan todos los indicios, se trata de una sonda extraterrestre enviada de algún recóndito punto desconocido para explorar nuestra galaxia y saber de nuestro sistema solar, y de dónde vienen las señales de radio que ellos han captado porque no dejaban de interferir en sus televisores.
Escuchad lo que os digo, guardad en algún rincón de vuestra endeble memoria lo que estoy diciendo. Porque me apostaría dos terceras partes de la fortuna que guardo en Suiza a que 3I/Atlas es la señal del principio de nuestro final, el fin de la civilización, de la vida humana y del planeta Tierra.
Mi turbulenta vida está sujeta
al influjo de este fatal cometa.
A ritmo de rap, bebop, funky espídico y desatado.
—Me gustaría ser invisible y volar —le decía al espejo.
—Serás invisible y volarás —me respondía a veces el espejo.
Como cuando el médico de cabecera me preguntó al llegar preocupado por el herpes genital.
—¿Ruma P. Silano?
—Soy yo.
Y aquel hombre al que veía por primera vez en mi vida (no me gusta ir al médico) miraba la pantalla de su ordenador ignorándome, quizá leyendo el informe de mi lamentable estado.
—Señor Silano, tiene por las nubes los niveles de triglicéridos y transaminasas, y su páncreas sufre una inflamación considerable. Y le informo que no hay medicamentos para reparar el deterioro del páncreas, señor Silano.
—Entonces…
—Entonces, señor Silano, como no haga nada para revertir estos análisis, lamento decirle que le queda poco de vida… bastante poco diría yo.
Lo primero que pensé fue en el puto 3I/Atlas que venía como un cohete hacia el sol y nuestro sistema. Y pensé que por culpa de unos niveles y una hinchazón puede que no pudiera informar del próximo fin del mundo. Yo, un periodista independiente y veraz.
La culpa había sido de los destilados. Por algo lo aconsejaban los veteranos: “Deja el whisky, pásate al vino”.
Era el momento de decirle a Mark Twain que lo único para lo que había servido era para decir frases ingeniosas y apedrear perros con Tom Sawyer.
—Más de lo que hace el noventa y nueve por ciento de la gente, ¿no? ¿Tú qué mierda has hecho?
Yo nada, joder. A menudo soy un títere que no sabe ni por dónde le sostienen las cuerdas, al que algo misterioso lo mueve a su antojo. La suerte, el azar, un dios caprichoso y sin ganas, o alguna inteligencia superior gorda, que vive con sus padres y que nos ha creado en una simulación de metaverso.
Fue que empecé a ver mariposas de luz que revoloteaban delante de mis ojos, flores de sombras que se me enredaban en el pelo y también insectos informes que se me metían por los perniles de los pantalones. No podía dormir y sudaba agua de un mar muerto que se me desbordaba por dentro. Y pensaba que me iba a morir de un momento a otro oyendo a la muerte mascar hielo a mi lado.
Se lo conté a mi amigo Luki Luciano, politoxicómano, que tenía experiencia en eso de las transaminasas y las alucinaciones.
—Estás teniendo delirium tremens, Ruma, tienes que hacer algo sí o sí.
—¿Es necesario? Supongo que ya pasará, ¿no?
—Puedes morirte, hermano, en una de esas crisis. Tienes que desintoxicarte.
—¿No podría servirme hacer un par de viajes de ayahuasca con ese gurú amigo tuyo, ya sabes, para llegar al agujero negro de mi espíritu y limpiarlo un poco?
—No, Ruma, olvídate de esa basura. Tienes que hacer una cura de desintoxicación.
Incluso Apolo Pitio me lo reveló en el trasfondo de algún sueño.
No tuve más remedio que doblegarme a la cura de desintoxicación. Sobre todo después de un sueño bañado en sudores, plagado de campanillas brillantes que revoloteaban de mi pelo a lo intricado de mi entrepierna.
Contraté un ingreso de veinte días en la clínica de López-Ibor de Marbella.
Soy un vloguero de éxito y me lo puedo permitir. No como vosotros, que sois unos muertos de hambre perdidos en la carrera de las ratas.
Tengo tanto dinero que pienso irme a vivir a Andorra (no voy a dejar que el puto gobierno me siga robando), a una casa con piscina climatizada y un jardín zen en la entrada, en la que te abre la puerta un mayordomo samoano que se llama Pua y que le saca brillo a mi Lamborghini Verde Scandal con un paño de seda.
«Ruma, chuloputas, ¿es verdad que tienes a tu novia currando en OF para que te pague el coche?, ¿es verdad que eres tan vendehúmos y capullo como Amadeo Llados?», me preguntaban algunos de esos envidiosos muertos de hambre. Aunque ni tengo novia ni he hablado en mi vida con Llados.
Así que estuve veinte días en la clínica de lujo López-Ibor, codeándome con los adictos de la aristocracia financiera y los viciosos de las élites.
Lo primero que pedí, después de que me pusieran el tratamiento inicial de choque, fue un análisis de sangre para saber si aquella furcia (Samantha nosequé) me había contagiado el herpes genital. Me dijeron que daba negativo, aunque cabía la posibilidad de que no hubiera pasado el tiempo suficiente para que se activara el virus.
Activara el virus. Yo creo que mi sangre la tiraron por el váter y ni se les pasó por la cabeza hacer ningún análisis. Es la práctica de las clínicas caras (para idiotas podridos de dinero como yo) que te hacen análisis sin analizar nada o pruebas que no prueban nada, como meterte en una carcasa vacía con ruido de fondo para un supuesto TAC, o darle quimioterapia con suero a tu perro enfermo de cáncer. Para abaratar costes. Y tengo pruebas que lo demuestran.
Aún así, yo me seguía revisando la entrepierna en busca de alguna señal hérpica. Ya cuando empecé a sentir los picores y sospechar del contagio, le mandé a Herpesia (fue como la bauticé entonces) un mensaje y le dije que iba a tener que indemnizarme, si no quería que le presentará una querella criminal por contagiarme una ETS. Lo que hizo la puta fue bloquearme.
Ese día que me iban a dar los supuestos resultados del análisis de sangre, estaba en el despacho de la doctora Salma Khan, la llamaron por la línea fija y se disculpó antes de salir. Se dejó el móvil, que supuse que era el corporativo de la empresa, encima de la mesa.
Lo cogí y, en efecto, era el de la empresa porque estaba desbloqueado. Y se me ocurrió mandarle un mensaje a Lady Herpesia. Le puse: «Me pongo en contacto con usted desde el bufete de abogados Martínez-Echevarría para informarle de que vamos a meterle una querella criminal que no se la salta un galgo, en nombre de uno de nuestros ilustres clientes, por el contagio deliberado con artimañas de un herpes genital ya diagnosticado”.
Como soy un observador de la realidad que la plasma en Canal Ubik, no entiendo por qué los teléfonos corporativos, con independencia de la empresa o el sistema operativo, tienen todos un aspecto de abandono, de dejadez, transitoriedad y maltrato. Con las pantallas arañadas, los cantos gastados, roña en las carcasas y un halo de tristeza en su forma.
—Son los dispositivos esclavos.
En la clínica López-Ibor de Marbella, conocí a un tataranieto del último kaiser de Alemania, Guillermo II.
Yo le decía: “Federico, eres una vergüenza para la familia Hohenzollern, imagínate que mañana tuvieras que ocupar el trono del IV Reich alemán”.
—Joder, Ruma, te nombraría ministro de propaganda, o presidente del Reichstag, o director de la ZDF.
Federico era muy buen tío y buen alemán. Nos pasábamos los días en las terapias de grupo, fumando y paseando por los jardines de la clínica, donde siempre olía a perfumes caros y agua de rosas.
En las clínicas de desintoxicación, lo que se hace es eso: charlotear con psicólogos que parecen vendedores de coches de lujo, fumar, pasar monos, hablar con nietos de emperadores o hijos de millonarios, volver a fumar, masturbarse uno viendo porno en el móvil, mirar los índices del Ibex y del Dow Jones, y fumar de nuevo.
—¿Sabes cómo le llamaban los cínicos de Diógenes a la masturbación, Federico?
—Nein.
—El acto indiferente.
En una clínica de desintoxicación serás muy indiferente. Y puede que te desintoxiques de la cocaína o el alcohol, pero acabarás con tabaquismo.
Mira a John Cheever (el mejor escritor americano de relatos cortos), que dejó el alcohol y luego se murió de enfisema pulmonar por culpa del tabaco.
Lo cual deja una cosa clara, que en esta vida o te mueres de cirrosis varado como un cachalote en la cama, o te mueres arrastrando una bombona de oxígeno por culpa de los pulmones cancerosos. No hay otra salida.
Por eso Ubik es la fuerza cósmica que da sentido a la realidad y le da equilibro. ¿Entiendes?
Ubik es lo más parecido a una conciencia colectiva. Ubik es un sistema de información digital que cohesiona tiempo y espacio, que da la certeza de que seguimos vivos y chiflados, chapoteando en la falsa ilusión de algo que no somos y que alguien —Canal Ubik— tiene que revelarte para que conozcas la Verdad.
—No me queda claro qué es eso de Ubik. ¿A qué te dedicas de verdad, Ruma? —me preguntaba Federico, el heredero al trono alemán.
—A la verdad, káiser. Soy un influyente importante, un estrímer con millones de seguidores que vive en Andorra y tiene un mayordomo samoano que me lleva la toalla caliente al baño.
—No me suena de haberte visto en Youtube.
—Además, tengo herpes genital y un páncreas con músculo. ¿Qué te parece?
El problema de los aristócratas de rancio abolengo es que están fuera de la red, fuera del mundo cibernético, de los nuevos canales de comunicación, que en un momento dado podrían devolverles sus coronas imperiales.
—Yo no quiero recuperar ninguna corona —me decía Federico—. Yo lo que quiero es tener una casa en Ibiza y una novia que no quiera quitarme el dinero.
Claro, eso es lo que queremos todos… Y que esté buena. Luego te desvías del camino y acabas en las drogas y desintoxicándote en clínicas que te cuestan un ojo de la cara, fumando al lado de un testigo de la realidad que tiene un jardín con una caseta de perro climatizada.
—¿Entiendes lo que es Canal Ubik, káiser?
Tres días antes de que terminara mi ingreso en la López-Ibor, recibí un mensaje de Pia Kivi. Venía a pasar dos semanas a Aguadulce, a tomar el sol, comer sardinas y beber sangría.
Pia era cantante, formaba parte del coro de la Ópera Nacional de Finlandia. Una vez me cantó un aria de Tannhäuser de Wagner, desnuda y borracha, y parecía una valquiria poseída por los demonios.
Pia era escandinava: buen cuerpo, más o menos guapa y de pocas palabras. Tres razones fundamentales para estar con una mujer.
El problema de las nórdicas es que su silencio las hace imprevisibles. No sabes en qué momento de la noche van a ampezar a comerte la polla o va a echarte a la calle en plena ventisca polar.
El mes de diciembre pasado visité a Pia en Helsinki y tuve la suerte de que no me echara de madrugada a la calle. Me hubiera muerto congelado, a la manera de uno de esos mendigos borrachos que se quedan dormidos en la parada del bus, y amanecen con la lengua pegada en el aluminio de la marquesina.
En Finlandia hace tanto frío y hay tan pocas horas de luz natural, que la gente se aburre y se suicida antes de que llegue la Navidad. A lo mejor influye que no sea agradable salir a dar una vuelta y tomarse una copa en el bar de la esquina. Es casi seguro que no hay ningún bar en la esquina.
Lo decía en un post nada más llegar a Helsinki. Sólo en Atocha (en Madrid), entre la zona de la estación de trenes, la glorieta de Carlos V y la misma calle Atocha, hay más bares que en toda Escandinavia.
Al principio le decía a Pia, «vamos a la calle a tomar algo». Y ella me miraba como si me hubiera vuelto loco y estuviera mordiéndome la nariz con mi propia boca.
—No, mejor en casa, mejor.
Los finlandeses dan pocas explicaciones. Y hacen bien. Cuando no están de acuerdo contigo, se dan la vuelta y te tiran un pedo en la cara, o te esconden la botella de vodka y tienes que salir a comprar otra y congelarte en una parada del bus, con la lengua pegada en el aluminio de la marquesina.
Pia me consiguio para el Canal Ubik una entrevista con Sebastian Haukijärvi, un psicólogo que dirigía grupos de terapia para chavales que habían intentado suicidarse. No me gustan las entrevistas a «especialistas en la materia». Son áridas, encorsetadas, aburridas, académicas.
Y así fue la entrevista a Sebastian Haukijärvi, con Pia como traductora simultánea. El tío hablaba de los sucidios de los adolescentes, y de sus terapias de grupo, como si estuviera contando una sesión ordinaria del parlamento finés, o finlandés o como coño se diga.
Sebastian parecía un pastor luterano sacado de una película de Ingmar Bergman.
No sé por qué, pero creí adivinarle intenciones suicidas en el fondo turbio de sus ojos azules.
Luego, un día que estaba borracha, me enteré de que había sido novio de Pia. Las nórdicas, como el resto de la especie humana, sólo cuenta a medias lo que le interesa. Y eso sólo cuando se emborrachan, las hipnotizas o le pones una doble dosis de pentotal sódico para que canten la traviata.
Un día me llevó al palacio de la ópera, un edificio moderno que estaba en la bahía de Töölönlahti.
Le pregunté por qué a todo le ponían nombres como si fueran trabalenguas. Y ella me miró raro, como si me estuvieran saliendo escarabajos peloteros de la nariz.
A ver, qué se puede pensar de una gente que a la avenida principal de la ciudad le ponen Aleksanterinkatu. Tan parcos en palabras y tan dados a alargar las palabras como si fueran avenidas sin semáforos.
Aún así, aprendí algo de finés.
Hola: Hei.
Adiós: Hei.
Vodka: Vodka.
Cerveza: Olut.
Vete a la mierda: Painu vittuun.
Con esas palabras te basta y te sobra para ir de un lado a otro de la avenida Aleksanterinkatu, sin tener que echar mano del traductor del móvil.
No me arrepentí de haber ido a Finlandia. Por estar con Pia Kivi, una vikinga que estaba buena y cantaba arias de ópera borracha; y por el vodka, que era muy bueno. El Koskenkorva Viina.
Bueno y caro, como todo el alcohol, gravado con unos impuestos que animan a suicidarse antes de tener que ingresar en la López-Ibor. Por eso la gente, en cuanto salen del trabajo los viernes, se suben a un ferri y se van a Estonia para arramblar con las reservas alcohólicas del Báltico.
Fue lo que hicimos Pia y yo una tarde que ella salió de su ensayo de la ópera moderna. Cogimos un ferri y cruzamos en un par de horas a Tallin. Tuvimos tiempo de sobra de echar un polvo en una cabina del servicio, tomarnos varios cafés de máquina con Jallu y fumar en cubierta, mientras me contaba la historia del mechero soviético que heredó de su abuelo, con la estrella laureada del ejército rojo con la hoz y el martillo de fondo y las letras CCCP en relieve.
Ella decía que su abuelo era soldado del ejército finlandés y se lo encontró después de una emboscada que le hicieron a los rusos. Pero yo sospecho que el abuelo era uno de esos buitres carroñeros que desvalijan cadáveres después de las batallas. O lo más probable es que se lo robara a un mendigo estonio cuando iba los fines de semana a comprar alcohol barato.
Estonia es un país insípido y hostil en diciembre. Estonia es un país que ha sido creado para que los finlandeses vayan a comprar alcohol los fines de semana.
—¿Y Finlandia?, ¿para qué ha sido creada Finlandia?
—Para que la invadan los rusos y Ruma P. Silano vaya a visitar a una vikinga que canta arias cuando se emborracha.
A la vuelta me dijo entusiasmada en el ferri que por fin había llegado el fin de semana, el momento de disfrutar lo que a ella le apasionaba sobre todas las cosas. El kalsarikännit.
Yo pensaba que era una especie de celebración pagana en la calle, con hogueras, bailes y orgías.
Pues no. El kalsarikännit es algo tan apasionante como llegar a casa bien aprovisionado de Tallin, quedarse en calzoncillos o bragas y pasarse todo el fin de semana bebiendo frente a la tele encendida con series de Netflix.
Fue en un kalsarikännit cuando me cantó borracha el aria de Tannhäuser antes de vomitar en la ducha.
Me fui para Aguadulce dos días antes de que terminara mi ciclo detox, como lo llamaba Federico, el pretendiente legitimista al trono alemán. Que me dijo al despedirme en la puerta, «que no se te olvide, Ruma, si me llamaran para ocupar el trono, nos vemos en el desfile de la Puerta de Brandeburgo».
Me encontré con Pia Kivi en el hotel Mirablau, donde ella había reservado habitación. La invité al chiringuito Diego y nos comimos un arroz con bogavante delicioso. Ella empezó a darle ya a la sangría, ese brebaje para turistas sin paladar, y a hablar más de lo que era habitual en Pia.
—Lady Godiva no ganó medalla doro en olimpiadas, puto mentiroso —me dijo con un hilillo de sangría en la comisura de los labios.
—No es justo que me llames puto mentiroso, Pia. Era una metáfora que no supiste entender.
—Puto mentiroso. Ya no bebés, ¿purqué?, ¿no te deja mamá?, ¿tas enfermo?, ¿testás muriendo?
Pia no aprendió español en el Instituto Cervantes. Pasaba los veranos de niña y adolescente en Mallorca y en las costas de Málaga, Granada o Almería con sus padres. Una vez le pregunté si folló mucho en aquellos veranos de su adolescencia y me dijo que tuvo un novio torero al que mató un toro en la plaza de Ronda.
Las nórdicas son tan mentirosas como el resto de las mujeres y la especie humana. La ventaja que tienen es que mienten con la misma expresión con la que dicen la verdad.
No tuvo ningún novio torero al que mataran en ninguna plaza. Pero seguro que cabalgó a unos cuantos toros en las arenas de la playa, como Lady Godiva (la campeona olímpica) cabalgaba su caballo blanco.
Pia Pia y su sangría. A la luz del poniente almeriense su cara, su piel, su pelo, tenía unos destellos diferentes. Era la primera vez que la miraba a la luz del Mediterráneo. Su piel como de cera sintética, su pelo como ceniza plástica, sus ojos como de muñeca hinchable china… Fue como ir a una exposición de pintura impresionista y darse cuenta de que esos cuadros son una birria a brochazos.
Aquella noche se emborrachó como una perra y acabó cantando un aria de Tristán e Isolda en el baño, antes de vomitar en la ducha. Luego se durmió roncando con la boca abierta, y la saliva de sangría escurriéndose en la almohada con las iniciales del hotel Mirablau.
Me senté en una silla y me puse a escuchar El Ocaso de los Dioses con los auriculares puestos.
Escuchar a Wagner de madrugada era como estar con el abuelo de Pia desvalijando cadáveres de soldados rusos en un bosque de abedules.
Desde que había entrado en la clínica, el insomnio me visitaba todas las noches. Tumbado, con los ojos abiertos y la cabeza saltándome como un mono en una jaula. Así que empecé a practicar el sueño bifásico: dividir el descanso en dos períodos de tres o cuatro horas. Me tumbaba, cerraba los ojos, me dormía y cuando me despertaba, salía de la cama y me activaba en algo que tuviera pendiente o me inventara.
Esa noche del hotel Mirablau ni intenté el primer sueño. Me quedé sentado escuchando El Ocaso de los Dioses mientra Pia Kivi roncaba su borrachera.
Esa misma tarde me había llamado Jero Landa. Le dije que estaba en el balneario de Alhama de Almería, acompañando a mi madre a unos baños para la artrosis.
—Me gustaría que cubrieras un festival en el que va a intervenir Patri dentro de diez días.
Patri Viena era su novia, una cantante mejor que Taylor Swift, con las tetas más gordas y más culo.
—¿Tienes algo pendiente para esa fecha?, ¿podrías cubrir la actuación?
—Tendría que mirarlo, Jero. El pretendiente al trono de Alemania me ha ofrecido ser ministro de propaganda en su gabinete en la sombra y me lo estoy pensando.
—Ahhh. Lo de Patri sería sólo un fin de semana, llámame cuando te decidas.
Al rato me llamó Di Polo. Me dijo:
—Ruma, ¿tienes algo para el 27 de este mes? Tengo entre manos un festival de música en Sierra Tomada. Hay muchos intereses en juego y todos podríamos salir ganando algo.
—¿Qué ganaría yo, que soy el único que me interesa?
—Bueno, a la novio de Jero la he metido en el cartel del festival y es el primer interesado en darle bola. Él te pagaría los gastos y el desplazamiento, y yo también te daría unos bonos y publi bastante para tu jodido canal. Tengo unos proyectos entre manos tan molones que se va a cagar la perra.
—¿Molones? Eso rima con melones o que me importen tres cojones. Además, eso de molones ya es de pollaviejas, está pasado de moda.
—Es lo que somos tú y yo, Ruma, unos pollaviejas pasados de moda. ¿Entonces qué?, ¿te vas a pensar lo de Sierra Tomada?
Bueno, no llegué a pensármelo. Y decidí no esperar a la mañana ni a la resaca de Pia. Le dejé una nota escrita con rotulador y metida en su sandalia de tiras marrón.
«Pia, me ha surgido de improviso una entrevista para un post con el heredero a la corona alemana. Siento que nuestro encuentro haya sido tan breve. Si eso ya te llamo. Besos».
Al ver en la mesilla de noche el mechero soviético del abuelo, no pude resistir la tentación de robárselo. Sería el recuerdo que me mantendría unido a Pia el resto de mi vida.
Me tomé un café y una tostada con aceite en una cafetería que estaba abierta a las cinco y media, y salí de Aguadulce con destino a Cabo de Gata, donde había quedado con mi amigo Luki, que estaba con un nuevo grupo alternativo recorriendo en cámper la costa mediterránea.
Como soy un tío generoso, los invité a comer a él y a su novia en la Goleta, uno de los restaurantes más caros (y por supuesto sobrevalorado), porque tenía menús veganos para su novia Nina, austriaca.
Los austriacos también son raros de cojones, de una manera diferente a los fineses. Son alemanes con los niveles de testosterona bajos. Fíjate, se emocionan escuchando a Schubert, pero no les gusta Wagner, no sienten el impulso ese tan alemán de invadir Polonia y llegar a las puertas de Moscú cabalgando con las valquirias.
La novia de mi amigo Luki se llamaba Nina. Le pregunté si tenía algo que ver con Nina Hagen y no sabía quién era Nina Hagen. Luki sí sabía quién era y trató de explicárselo en alemán, pero a la otra parecía que se lo sudaba bastante quién fuera Nina Hagen.
Yo, siempre que conozco a una austriaca, me acuerdo de las películas de Sissi emperatriz, de que era anoréxica, cabrona y se meaba encima de un bufón enano. Eso pensaba al mirar a Nina, en una emperatriz fustigando a su caballo por el Prater de Viena, una Lady Godiva con mala leche y con un enano.
Luki me preguntó cómo me estaba yendo en el proceso de desintoxicación. Y le dije que de puta madre. Lo peor fueron los primeros días, hasta que volví a asumir que la vida sin vicios era un aburrimiento necesario.
—Olvídate del Jim Beam por un rato—me dijo—. Tu hígado y tu páncreas necesitan un respiro.
—Sí, eso parece, después de estos casi veinte días los oigo respirar por aquí dentro.
—Si acaso, te aconsejo que le des una oportunidad a drogas psicodélicas y místicas, como la mescalina y el LSD. A mí me salvaron la vida, me descubrieron otras dimensiones del universo, nuevas puertas de la percepción y escondrijos sorprendentes de mi alma.
Luki era un tío sabio, ponderado, sensato, generoso, con sentido común. Además de buen amigo y buena persona.
De manera disimulada, sin darle importancia, me dio un bote con cápsulas de mescalina, y una caja metálica plana, de pastillas de regaliz Galiz, con secantes de LSD.
—Toma, descubrirás otras realidades, me lo agradecerás. Consideralo como un nuevo aporte a Ubik.
Lo dicho, un gran tipo el bueno de Luki.
Lo conocí en la facultad, estudiando los dos periodismo. Nos hicimos amigos desde ese primer momento y compartimos la misma novia, una punki griega que se llamaba Konstantina Milos y estaba convencida de ser una reencarnación de Helena de Troya. Konstantina bailaba el sirtaki desnuda y sabía hacer ricos dolmades rellenos de arroz y carne de cabrito.
En alguno de mis arrebatos de alcohol y poesía le susurraba, «Konstatina, me casaría contigo sólo por besar tu nombre al oído cuando me corro dentro de ti». Y ella se meaba de la risa.
—Lo importante es que estas primeras semanas estés ocupado —me decía Luki—. ¿Tienes algo pendiente ahora?
—Sí, creo que te he hablado de Jero Langa, ¿no? Su novia es una cantante estilo Taylor Swift, pero más guapa y con mejores tetas, y quiere que cubra un festival en el que participa.
—¿Aquí en la costa?
—No, por Sierra Morena o así, en una aldea que se llama Sierra Tomada. Una cosa rarísima, tío, un festival que le van a dedicar a los jabalíes y él dice que va a tener una repercusión del carajo.
—¿No me digas que vas a Sierra Tomada? ¿Estás hablando en serio?
—A informar en mi canal del I Festival Jabato, que se celebra el sábado 27. No pensaba aceptar la propuesta de Jero, pero me ha acabado de convencer Dimas Polo… Te he hablado de él, ¿no? Sí, el que me robó la idea de la camiseta pero en el fondo es buen tío, y me ha ofrecido publicidad para el canal y otras mierdas de esas que hacen las cosas rentables.
Unos meses atrás, cuando me llegaron noticias de lo que estaba ocurriendo en Sierra Tomada con los jabalíes, tuve la tentación de viajar hasta allí para hacer algunos directos. Después me lo pensé mejor. Los líos con animalistas, anticosas, activistas varios y justicieros furibundos son de alto voltaje y alto riesgo. En cuanto la toman con los informadores, te confunden con algún influencer o alguien te reconoce de mala manera, te expones a que te corran a patadas o te metan el palo de una bandera por el culo.
Soy cobarde, no uno de esos reporteros intrépidos, dispuestos a jugarse el tipo por informar.
Además, lo que estaba ocurriendo en Sierra Tomada era ya algo habitual en pueblos de montaña o en zonas boscosas. Los osos de Alaska que de madrugada se adentraban en los núcleos de población, los lobos que hurgaban en los cubos de basura, los siervos comiéndose los setos de las casas, y los jabalíes que bajaban en familia a lamer cajas de pizza y comerse los restos de hamburguesas con ketchup.
En Sierra Tomada, desde primera hora se formaron dos bandos: el de los que les pusieron comederos y bebederos en las puertas, y el de los que pusieron las escopetas cargadas detrás de las puertas para ahuyentarlos a tiros.
Y tardaron poco en enfrentarse entre ellos, tanto que dos veces tuvo que mandar la delegación del gobierno unidades antidisturbios para evitar los altercados.
Claro, los putos jabalíes se convirtieron en excusa y bandera, en motivo de negocio, protestas, reivindicaciones, ariete y razón para armar una idea o mil ideas y propuestas.
Llegaron de fuera organizaciones de projabalíes y de contrajabalíes. Y Sierra Tomada se acabó convirtiendo en otro frente de la tercera guerra mundial.
El I Festival Jabato era un escenario más de otra batalla. Organizado por alguno de esos defensores de los bichos que estaban tomando el pueblo sin que nadie los hubiera invitado.
A bombo y platillo, publicitado en todos los medios y con una campaña adecuada, para que tuviera la cobertura más completa.
Supe que uno de los promotores era Di Polo, el dueño de la Agencia Vértigo, amigo del organizador del evento y abanderado de los jabalíes.
La Agencia Vértigo organizaba viajes a destinos «especiales». Al principio a regiones azotadas por catástrofes, crisis humanitarias como hambrunas o epidemias, o a países en guerra. Vértigo empezó a llamar la atención de la prensa canalla de los 90, con las primeras excursiones a las guerras de los Balcanes, sobre todo a Croacia y a Bosnia.
Luego se diversificó. Le hice un par de vídeos y un podcast de hora y media. Me caía bien, nos llevabamos bien. Di era un tío agradable, simpático, con fondo, que había leído a Proust, había conocido a Foster Wallace unas semanas antes de que se ahorcara, y era amigo de Lars von Trier, a quien le había ayudado a financiar la película Anticristo, según me dijo.
—Yo también le hice un reportaje a Polo —me decía Luki—, en 2004, cuando trabajaba en OKdiario y ese cabrón organizó fines de semana de vacaciones a Sri Lanka, justo después del tsunami, cuando todavía había muertos y basura en las calles y los turistas tomaban cócteles al sol en las tumbonas.
—Detrás de cámara me contó trabajos de Vértigo que te sentarían de culo si te las contara.
—Las puedo sospechar aunque no me las haya contado… ¿Sabes?, estuve hace algo más de un año en Sierra Tomada y escondí un tesoro en esa aldeúcha. He pensado, Ruma, que podrías recuperarlo tú por mí y quedarte con la mitad.
—Un tesoro, no jodas. No habrá que cavar mucho, ¿no? Estoy delicado de la espalda, y eso del pico y la pala no se me da bien.
—No, hombre, no está enterrado bajo tierra. Está en una torre de vigilancia que era cuando fui un museo de la reconquista, porque ese torreón lo construyeron después de la batalla de las Navas de Tolosa. Tampoco está detrás de un muro de piedra que haya que perforar.
—¿Está en un escondrigo que se abre al girar el brazo de un candelabro de plata?
—No.
—¿El tesoro es una bolsa de doblones de oro?
—No.
—¿Joyas árabes y piedras preciosas?
—No. Un bolso de mano con 300 tabletas de MDMA, fentanilo y LSD, en un bargueño que está en el piso superior de la Torre del Moro.
—¿En un bargueño?
—En un bargueño de nogal, decorado con tacea, carey y bronce. ¿Sabes lo que es un bargueño?
Luki era un tío serio, del que uno se podía fiar a pesar del nombre.
Lo conocí en la facultad de comunicación, cuando los dos perdíamos el tiempo estudiando periodismo. Y a la vez estuvimos saliendo con la misma chalada. Konstantina Milos, que bailaba sirtaki mientras se afeitaba el chocho y nos hacía moussaka después de follárnosla.
Una vez le pregunté si sabía algo de Konstantina y me dijo que se había casado con un ministro de Nueva Democracia, el partido que manda allí en Grecia.
Konstantina también nos preparaba loukoumades con miel y canela y nos chupaba las pollas cantando canciones de Alanis Morrissette. Además, podía tocarse la punta de la nariz con la lengua y se volteaba los párpados sobre los ojos, lo cual me daba grima nada más verlo.
—Si no es mucho preguntar, Luki, ¿por qué cojones guardaste las pirulas en el bargueño de Alfonso VIII?
—Bueno, no sé si era el bargueño de Alfonso VIII, pero lo que sí sé es que la guardia civil me pisaba los talones, o a lo mejor era paranoia mía y pensaba que me pisaban los talones.
En esa comida, tuve la tentación de preguntarle a Luki si su novia Nina cantaba de alguna manera. O cuáles eran sus habilidades: si reviraba los ojos, sabía fumar con los labios del coño, o si era capaz de doblarse por la mitad y asomar la cabeza por entre las piernas.
Tener una novia que no sepa cantar es un error. ¿Qué haces si una noche estás tan borracho que no puedes recitarle unas odas de Horacio? Pues le dices, «vamos, nena, cántate algo que a mí no me sale la poesía del cuerpo?». Y ella arranca con un aria de Wagner, como Pia Kivi hacía desnuda los sábados de kalsarikännit en Helsinki.
Antes de marcharnos de la Goleta, Luki me hizo un croquis del bargueño y dónde estaba el tesoro, que ya tendría que haber desaparecido con el trajín de carcamales curiosos que hay en los museos, o el trabajo de la misma gente de mantenimiento. Me dijo que era difícil lo del ajetreo, porque el museo de la reconquista llevaba cerrado desde antes de que él lo visitara.
Animado por la idea de encontrar el tesoro, les pregunté a la gente del restaurante cuando iba a pagar la cuenta, si no me harían un descuento especial por ser un youtuber foodie de bastante renombre. Y me respondieron con un NO seco y rotundo, mirándome con cara de asco, como si de pronto se hubieran dado cuenta de que llevaba mierda de perro pegada en la frente.
(Capítulo 1 de PUERCOS SALVAJES, Crónica de la caída de Occidente)
