Fue el verano en que Zero me encargó rescatar a la hija de un ricachón.
La niñata estaba en poder de una secta satánica y papá quería que se la devolviera, liquidando de paso a unos cuantos demonios.
Eso fue en aquel mes de junio que prometía ser un verano de calor antológico, de temperaturas que nos devolvieran el infierno a la tierra.
Eso fue después de que llegara Carlitos Elmanso, el nuevo dueño del parque de caravanas Calvero. Se lo había ganado en una partida de póker a Helmut, un alemán degenerado y cocainómano que nos tenía dejados de la mano de Dios. Los servicios y las duchas daban asco, fallaba el wifi, se atascaban los desagües y la avenida del Viento (la calle principal del parque) era un túnel de polvo continuo que se movía como una centrifugadora.
Carlitos puso orden en todo aquello. Yo le eché una mano porque me cayó bien, sobre todo cuando me prometió que iba a echar a patadas a un par de indeseables. Lo ayudé y los echamos a patadas.
También lo ayudé a acabar con unos perros cimarrones que merodeaban nuestro campamento; perros que ladraban toda la noche, despanzurraban las bolsas de basura, se peleaban entre ellos, se meaban y cagaban en las puertas de nuestras casas. Sin que el ayuntamiento hiciera nada para acabar con la amenaza, porque les daba igual un puñado de indeseables que no votábamos ni pagábamos impuestos.
Fuimos varias noches a cazarlos en su camioneta Toyota Hilux, tipo pick up, blanca, como las que usaban los moros terroristas. Por eso la bauticé como la Terrorista, un prodigio de motor y chasis. Él puso el transporte y yo la artillería: mi escopeta Escort Autodefender y una Walther P99 que acababa de comprarme, un prodigio del diseño y la efectividad.
Fueron unas noches divertidas matando perros por aquellos yermos polvorientos en la oscuridad de boca de lobo, persiguiendo a aquellas alimañas que descubríamos por el reflejo de los faros en los ojos. Poníamos la Toyota en paralelo a ellos y les disparábamos desde la ventanilla, o desde la caja, o desde la puerta entreabierta.
Con Carlitos Elmanso como director de aquello, se asfaltó la avenida del Viento, se rehicieron las duchas, cambió el cableado eléctrico y la fibra óptica, levantó el alcantarillado y mejoró los desagües y negoció con el ayuntamiento para la recogida de basuras y mejora de los accesos.
—Eres el Augusto del Calvero Muerto, Carlitos. Te mereces ser el alcalde perpetuo de este estercolero.
—¿Quién es Augusto?
—Un líder que limpió Atenas de gentuza, parásitos, delincuentes. Limpió de mugre y ratas las calles, y le cortaba las manos a los taberneros que aguaban el vino.
Carlitos tenía contactos en hospitales, farmacias y departamentos de validaciones y recetas de la Seguridad Social, y conseguía medicamentos originales a buen precio. Me conseguía cosas como Noctamid, Ketazolam, Lexatin, Triazolam, Sertralina, Hidrocodona o Paracetamol de 1 g. en cajas de 20 ó 40 (que ya no se podían comprar sin receta). A veces ni me las cobraba.
Yo lo invitaba a vodka y le conseguía marihuana, cocaína y algo de heroína (de vez en cuando le gustaba dormirse en el “colchón de la marrona”) que me pasaba Toni el Serio.
Sabiendo que era putero, hice de alcahuete y le presenté a Silvia, una rubita con dos niños que vivía a cuatro caravanas de la mía. Trabajaba de lumi en un putipiso que tenía alquilado con otras amigas. Era agradable, simpática, dulce. Se pasaba por mi tartana y nos tomábamos una cerveza, fumábamos y hablábamos sentados en la puerta con Domi y Lui, mis vecinos, mientras sus hijos jugaban a la pelota y el sol se ocultaba por el horizonte.
Carlitos y Silvia congeniaron tan bien que se convirtieron en algo así como una pareja de amantes/amigos/follamigos, tanto que pasaba más tiempo en el bungaló de Elmanso que en su caravana.
—¿Crees que acabarán casándose? —me preguntaba Domi.
—Todo es posible, ya nada me sorprende, Domi.
—¿Tú te casarías con una prostituta, Vico?
—Ni con una puta ni con una santa. A partir de cierto momento de la vida, para un hombre casarse es suicidarse.
Pobre Domi, cómo recuerdo aquellas tardes con una lata de cerveza en la mano, esperando a que Lui volviera del trabajo. Momentos de divagaciones tranquilas, de risas, de paz viendo el sol que se largaba. Momentos que un día cualquiera se irían para no volver.
Eso fue en mayo. Esa última tarde les pedí el favor de que se ocuparan de Puta unos días. Había reservado habitación en el Grand Hotel Europe de San Petersburgo, aunque hubiera preferido el Four Seasons Hotel Lion Palace, más lujoso y apropiado para una persona de mi estatus y mi nivel intelectual. Pera no tenían habitación libre para esas fechas.
Iba a San Petersburgo para cumplir uno de mis sueños, ver la aurora boreal desde el puente Bolsheokhtinsky saboreando una copa de vodka en los labios, con los reflejos de la luz sobre el río Nevá en la cara.
Allí estuve cinco días en una visita tranquila.
Me sentía tan bohemio y antiguo que incluso le escribí una postal a Carlitos y Silvia, aunque al volver me olvidé de preguntarles si había llegado. En la postal les decía que en San Peterburgo hay 500 puentes y, en cada uno de los puentes, al fulgor de la aurora boreal, se ven las siluetas de los suicidas que desde ellos se han tirado al río a lo largo de la historia.
No visité los 500 puentes, pero sí algunos, y en esas noches de aurora y vodka, vi las auras de suicidas que se arrojaban desde los pretiles con una carta de amor en la mano o una piedra en el cuello.
Fue verdad que llegué a verlos porque todo es posible de ver esa noche. Lo mismo que creí cruzarme una madrugada en la avenida Nevsky con un jevi melenudo que era Rasputín; o toparme con una zarina que esperaba un taxi en la puerta de una discoteca, con minifalda de cuero y los tacones en la mano; o ver a una bandada de soviets borrachos asaltar el Palacio de Invierno.
Cada día, después de abrir los ojos, veo a la muerte que me mira fumándose un pitillo.
Le doy gracias a Dios cuando termina de fumar y desaparece sin llegar a hablarme.
Apago el espejo, enciendo la imaginación y oigo a la muerte tejer sus velos, y veo a Dios que me sonríe, y siento los pies del final bailar en mi alma.
Cada mañana le doy gracias al Todopoderoso por permitirme seguir respirando, y le ruego que me dé fuerzas para echarle una mano quitando de enmedio a algunas alimañas malnacidas, limpiando con mi modesto esfuerzo la tierra de escoria y basura que afea tanto su magna obra.
Luego me pongo los zapatos y voy al baño a mear.
Me miro en el espejo y me desalienta lo que veo, una calavera a la que hubieran pateado en los sueños y las pesadillas y me la hubieran vuelto a atornillar en el cuerpo para seguir un día más cepillándome los dientes y echándole pienso a la gata.
El espejo me mira, me devuelve recelo, como el de los guardias civiles del control de fronteras, cuando volvía de ver la aurora boreal en San Petersburgo. Que revisaban el pasaporte y me miraban como a un espía ruso que viniera a meter una carga de profundidad en el ojete de la OTAN.
Al volver de la aurora boreal, no encontré ni a mis vecinos ni a Puta, que estaba en el bungaló de Carlitos Elmanso. A Domi lo habían tenido que ingresar de urgencia por una trombosis en la pierna, complicada por la diabetes, y se la tuvieron que amputar.
Fui a verlo. Me deprimió ver a un hombre postrado en la cama con la pierna derecha cortada por debajo de la rodilla.
No pensaba volver a verlo hasta que regresara al parque, pero ese mismo día me llamó Carlitos porque a Lui, la mujer de Domi, le había dado un infarto cerebral en su puesto de cajera y estaba en coma, también en el hospital de Los Marineros. Murió antes de las 48 horas.
Como no tenían a nadie, nos hicimos cargo del asunto del tanatorio y la incineración. Carlitos, yo y, sobre todo, Silvia (las putas son resolutivas y tiernas en sepelios, sepulturas y condolencias). Sólo estuvimos nosotros tres, con una breve visita del encargado del Lidl donde trabajaba Lui, y dos compañeras que se marcharon antes de que nos entregaran las cenizas.
A Domi sólo le quedó la diabetes, una pierna cercenada, la caravana vieja, un Renault Megane con más de 20 años, y una paga no contributiva de poco más de 500 euros. No tenía ahorros, ni planes de jubilación, ni hijos, ni familia. Ni siquiera una pistola para pegarse un tiro.
—Cuida de Bartolo hasta que yo salga de aquí —me decía refiriéndose a su gato feo—. Está bien, ¿no?, ¿no se habrá escapado?
—Tranquilo, Domi, está bien, hasta se ha hecho amigo de Puta.
Entonces caí en la cuenta de que no lo había visto por ningún lado, y ni Silvia ni Carlitos sabían qué había sido de él desde el momento que ingresaron a Domi y luego ocurrió lo del ictus de Lui.
Podría haberle dicho, “¿sabes, Domi?, tener un gato con una pierna menos es como buscarle tres pies al gato”. Lo cual me daba pie para un futuro monólogo en el Club de la Comedia, cuando la veleta ideológica cambiara de dirección, se hunda en la mierda la corrección política y acepten de nuevo el humor de verdad, con mayúsculas y desternillante. O lo utilizaría mejor en las actuaciones programadas de DisFis -Disformes Fiscalizados-, para esos ricos cocainómanos y borrachos que celebraban el cumpleaños o la incineración del patriarca.
“Acabo de volver del hospital, de visitar a un amigo al que le han cortado una pierna. Sí, claro, está tristón el pobre y tal, pero es lo que yo le he dicho. Mira, hermano, hay que ver el lado bueno de las cosas, en una semana te han quitado media pierna y tu mujer se ha muerto. La mayoría de los hombres tiene que irse al otro barrio con varios pares de zapatos y pares y pares de calcetines, y tienen que aguantar a su mujer hasta el último día de su vida, hasta la agonía y el momento de estirar las dos patas…”.
El abuelo de un amigo de mi infancia tenía una pata de palo de las antiguas, de las originales y auténticas. Y era feliz. Contaba que la perdió en la guerra, por la explosión traicionera de un obús, pero los chavales sabíamos que era mentira, que se la cortaron porque se le había gangrenado al pisar un clavo mohoso robando en un taller de maquinaria agrícola. Pero el abuelo de mi amigo era feliz con sus mentiras y sin su pierna. Andaba con muletas sobaqueras y a saltos, como un pájaro lisiado y bronco.
El abuelo cojo de aquel amigo se compraba el zapato en las liquidaciones de stocks de las zapaterías al final de temporada. Lo mismo se compraba una bota del pie derecho en agosto que la sandalia en diciembre. O si estaba borracho cuando llegaba al stock de liquidación, lo mismo se compraba un zapato de mujer con tacón de aguja, le cortaba el tacón con una segueta y usaba la plataforma en verano como una sandalia. El estilete lo serraba y hacía alzas o protectores para las patas de los muebles.
Al abuelo cojo de mi amigo le faltaba la pierna izquierda, lo mismo que a Cervantes le faltaba el brazo izquierdo. Bueno, no le faltaba, lo tenía entero, lo que pasa es que la bala de Lepanto le jodió el tendón y se le había quedado flojo, mustio como una marioneta a la que se le ha roto la cuerda. Por eso, cuando Cervantes iba a comprar cubiertos para comer, también aprovechaba las liquidaciones de stock y pasaba de los cuchillos, que nunca cortan, y de las palas de pescado, que no sirven para nada, y sólo se llevaba la cuchara o el tenedor desparejados. Lo cual le ahorraba sus buenos maravedís, que luego se gastaba en una timba jugando a los naipes, o comprando jofainas y afeites para sus hermanas las Cervantas, o su hija, que eran putas y sólo sabían tocarle los huevos.
Todas esas cosas se las contaba a Domi convaleciente, para animarlo al mismo tiempo que ensayaba mi parte en la actuación de los DisFis. Pero seguía tan mustio como el brazo izquierdo de Cervantes.
—¿Te gustaría saber qué hicimos con las muletas del abuelo de mi amigo?
No quería. Se la sudaba lo que hubiera ocurrido con aquellas jodidas muletas. Sólo le preocupaba qué sería de él cuando le dieran el alta.
A Domi sólo le quedaba una paga no contributiva, de poco más de 500 euros, y no sé si le correspondería alguna indemnización por su mujer, o algo parecido a una paga de viudedad. Lo dudo.
Hablé con Silvia y Carlitos una noche que estaban fumando en la cama después de echar un polvo. Les dije que me iba a hacer cargo de los gastos de Domi una vez que saliera del hospital.
—Qué buena persona eres, Vico. ¿Quieres que te haga una mamada? —dijo Silvia.
—No, me ayudarías mejor buscando una residencia decente. La mejor, ya sabes, no importa lo que cueste.
—Qué buena persona eres, de verdad.
A las putas se les da bien eso de hablar con jefes y encargados de sitios, de intuir si son limpias las residencias donde dejar al abuelo, o el refugio de animales donde abandonar al perro.
Elegimos la residencia Nuevo Horizonte, que estaba entre el Barrio Judío y Las Legaciones. La más cara, según Silvia, pero no tenía “ni punto de comparación” con el resto. Claro, era donde los ricos llevaban a sus padres cuando empezaban a cagarse encima y a perder la memoria.
La habitación compartida eran 1.950 € y la individual 2.500 €. Reservé para él una individual.
Si yo fuera un Domi de la vida al que acaban de cortarle la pierna, que no tiene dónde caerse muerto, no me gustaría acabar en una habitación compartida, aguantando a un viejo chiflado que habla solo o se pasa las noches chupando caramelos.
Se lo recalqué a Domi: que era una situación temporal en la mejor residencia de la ciudad, hasta que se adaptara a la prótesis de fibra de carbono, recuperara la autonomía y empezara a entrenar para formar parte del equipo de atletismo que iría a los próximos juegos paralímpicos.
—Seguro que llegas a ser más rápido que ese tío, Jaco Pastorius, que acabó en la trena por darle jaque mate a la novia.
—Pistorius, se llamaba Oscar Pistorius —decía Domi riéndose.
—Eso, Oscar Pastorius. Cuando tengas la medalla de oro en el pescuezo, las modelos de Victoria Secret harán cola para que corras dentro de ellas los cien metros lisos.
Y se reía como se ríe uno cuando ya todo le va importando menos que nada.
(Capítulo 2 de El Demonio en Verano --Juan Pintor--. Publicado en Amazon)

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